Votive offerings, rebus, images apparently disconnected and yet recognizable, traced in black on a white canvas and coloured in shades of orange, pink, green. White, black and fluorescent are in command of the picture. “Diagrams” is how the author himself calls them. But they can be read as fetishism on canvas.

Mouths and feet, bones and hands; the most basic things man has and needs. Maíllo approaches the condensation in the visual message which is not onlycondensed but also motley. A paradox introduced within the abstract and floating order of the picture. A silent shout in every picture, a certain expressivity that turns out to be also restrained and controlled. This is a deconstructed Maíllo, more expressive and honest than ever, who will paint with exaggerated freedom the first thing that crosses his mind – as he has always done- yet now it seems as if his mind were speeding faster through to his hand.

Maíllo’s new works show us some figurative references that were hardly sketched in previous works and which, now, become explicit. His residence in Addaya, Majorca, has meant for the artist a brutal blow of freedom, of novelties in his painting routine -an studio routine practiced by Maíllo in the old fashion way- which has given a greater speed to his painting, a rhythm that turns to be transparent. Maíllo’s flow, which we have always praised in his work, has reached a cruise speed. Also known as experience. 

Maíllo’s sources of inspiration are extremely assorted, and they are not to be numbered here. Some of them, the pictorial ones, can be traced. Some others come from different fields such as music or cinema. 

In formal terms, it seems as ifin this last series of works Maíllo were approaching the classical structure of still life, however he’s also approaching portraits with a new open attitude, and why not, he is even stepping forwards to landscapes. The artist himself explains he needs to paint in order to “empty his head”. In this attempt of his we discover that a pictorial question leads the way to some other twenty new questions.

This is a useless, unsuccessful attempt to pour himself empty, because there will always be so much left to paint. His one hand tied to his brain, and then tied to the brush. A brush linked by a magnet to the canvas. Almost breathlessly. That is how Maíllo scatters the pictorial order. And hence springs his freedom and his strength to be a painter. 

VIRGINIA TORRENTE

Exvotos, jeroglíficos, imágenes aparentemente desconexas pero todas ellas reconocibles, trazadas en negro sobre el lienzo blanco y coloreadas en naranjas, rosas, verdes. Blanco, negro y fosforitos mandan en el cuadro. “Diagramas” los llama el propio autor. Fetichismos sobre el lienzo, podemos leer. 

Bocas y pies, huesos y manos; lo más básico que tenemos y necesitamos los humanos. Maíllo se acerca a la condensación del mensaje visual, que a la vez que condensado, es abigarrado, paradoja presentada en un orden abstracto y flotante en el cuadro. Un grito mudo en cada cuadro, una expresividad que resulta igualmente contenida y controlada. 

Maíllo deconstruído, más expresivo y sincero que nunca, pintando con una libertad exagerada lo primero que se le pasa por la cabeza –esto siempre lo había hecho- pero ahora parece que la velocidad del cerebro a la mano es mayor.

Estos nuevos trabajos de Maíllo nos muestran unas referencias figurativas que apenas antes se apuntaban en obras anteriores y ahora son explícitas. La residencia en Addaya, en Mallorca, ha supuesto para el artista un soplo bestial de libertad, de novedades en la rutina de pintor -rutina de estudio que Maíllo practica en el estilo antiguo- y que a su vez, ha conseguido imprimir una mayor velocidad en el modo de pintar del autor, un ritmo que se transparenta, ese flujo del que siempre hemos hablado en su trabajo, ha adoptado velocidad de crucero. Se llama práctica también.

Las fuentes de inspiración de las que Maíllo bebe para su obra son extremadamente variadas, y no las vamos a citar aquí. Algunas, las pictóricas, se pueden rastrear. Otras provienen de otros campos diversos como son la música o el cine. Formalmente, parece que Maíllo se acerca a la estructura clásica del bodegón en estas últimas series, pero también a una actitud nueva abierta hacia el retrato, y por qué no, incluso dando paso al paisaje.

El propio artista explica que necesita pintar para “vaciar la cabeza”. Pero en este intento, descubrimos que una pregunta pictórica abre la vía a otras veinte nuevas preguntas. Intento inútil de vaciarse a borbotones y no conseguirlo, porque siempre quedará mucho más por pintar. Una mano atada a un cerebro, y esa mano, atada al pincel. Pincel que está ligado por un imán al lienzo. Casi sin respirar. Así, Maíllo desordena el orden pictórico. Y eso es lo que le da la libertad y la fuerza de ser pintor.

VIRGINIA TORRENTE